La busca hombres

Se levanta de la cama. Se mira en el espejo del baño. Contempla su cuerpo desnudo, los pechos, los muslos, el vientre yermo que malogró tres hijos. La máscara de pestañas negra se ha corrido, y apenas queda rastro del carmín rojo que adornaba sus labios unas horas antes.

Él se ha despertado, la mira desde la cama deshecha, desde la habitación en penumbra. Apenas puede verle el rostro. Apenas recuerda su rostro, y por supuesto tampoco su nombre. Qué más da. Ya es recuerdo.

—“Ven a la cama”, le dice. “¿Quieres otra ronda?” —la mirada que pretende ser pícara y juguetona pero que a ella le parece oscura y torva.

—“No, me marcho, tengo cosas que hacer”.

Él se gira, le da la espalda, vuelve a dormirse mientras ella recupera su ropa, las medias rotas en el frenesí de un arrebato, los zapatos rojos de tacón alto, muy alto, las bragas de un encaje tan suave y delicado como la espuma del mar. Y se viste, y se marcha, en un taxi, mientras piensa que no debería volver a hacer esto, como hace siempre.

Y al volver a casa, mientras se mete en la ducha y frota, y lava de su cuerpo la vergüenza, la soledad y la pena, mientras por sus piernas corre el agua junto con semen, flujo y amargura, llora en silencio, con lágrimas en los ojos y lágrimas en el alma, y se jura a sí misma que mañana por la noche no va a volver a vestirse y a lanzarse a la calle en busca de otros brazos.

Y mientras se envuelve en una toalla, y se seca el pelo, con pequeños y delicados toques, mientras se observa los pezones, aún marcados, los labios hinchados por los besos, mientras mira sus ojeras y un misterioso moratón, se repite en voz baja que no lo volverá a hacer. Y mientras calienta un café y observa cómo sale el sol, y se despierta este Madrid hermoso y canalla de primavera, mientras se empiezan a encender luces, y huele a pan tostado, y comienzan a circular coches y autobuses, mientras comienza a latir la vida y se escucha por lo bajo la radio en una cocina cercana, ella se descubre pensando en qué se pondrá cuando caiga la noche, cuando el sol que apenas se adivina deje paso a la luna y las estrellas, cuando se suba a unos tacones infinitos, cuando maquille sus ojos muy ahumados y la boca rojo sangre, y se cubra de lentejuelas, y se lance a la calle, y entre en un bar, y se invente una vida, una vida que no existe, en Valladolid, en Soria… en una ciudad de provincia, una vida con tres niños rubios que sí llegaron a nacer, con un marido (“llevamos juntos toda la vida y ya no es lo mismo, pero es un buen hombre y le quiero”), una vida apacible de paella los domingos en casa de la suegra, de pasteles comprados en la pastelería junto a la Catedral. Una vida de comercial que abandona por unas horas para entrar en un bar y beber con desconocidos, desconocidos que fingen escuchar sus mentiras, mientras la invitan a una nueva copa, aprovechando la oscuridad y la intimidad beoda para colocar una mano en su pierna, y luego ir subiendo, para robarle besos que le borran el carmín y dejan marcas en los cuellos de sus camisas, para deslizar un dedo torpe, o intruso, o travieso, por debajo de la liga, o incluso más adentro, mientras respiran pesadamente junto a su oreja y le susurran palabras lascivas, a veces en otros idiomas, a veces llamándola por otros nombres diferentes al suyo, intentando buscar en ella, también, el fantasma de un amor perdido.

Y con la única compañía de la luna, las estrellas y los neones titilantes de cualquier bar, se deja tomar de la mano y se marcha, y se deja desnudar, y se abre de piernas, y besa, y es besada, y gime y lame y muerde y araña, y grita, grita mucho, a veces llora, y clava sus uñas en la espalda de ese desconocido, y se agarra a su cuello como si de una boya se tratara, para no perderse aún más, para no perderle siquiera por unos momentos, para impostar un abrazo, para mendigar caricias. Porque solo en el espejismo del orgasmo de ese encuentro siente ella que no se borra y que existe al menos durante unas horas.

Despierta la ciudad, despierta un Madrid que huele a nuevo y a recién duchado. Y ella se viste de nuevo, ahora más conservadora, la media más tupida, el tacón más bajo, y solo una sombra de rouge en las mejillas, y sale de casa, y se entrega a su no-existencia de hormiga, una de tantas sombras fugaces de la ciudad, y se repite como un mantra: “no voy a volver a hacerlo”. Y no lo hará… hasta que caiga la noche, y con ella llegue la angustia, y se sienta sola, y encienda un cigarrillo y se sirva una copa, y eso no baste, y decida ponerse ropa negra, y ajustada, y maquillarse, y entrar en un bar, e inventarse que está solo de paso, unas horas antes de marcharse con sus hijos, con su marido de provincias, pero podríamos tomar una copa, guapo, y podrías llevarme a tu casa, o a tu coche, o a un hotel… Y follarme, y abrazarme, hasta que ya nada me importe.

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Pilar Benítez, mujer todoterreno

Traductora jurada y amante del poder de la palabra

 

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