¿Existe realmente el techo de cristal?

Si hay un tema recurrente cuando se habla de la posición femenina en el mundo laboral, es el de los techos de cristal. Y es que parece que aunque cada vez sean más las mujeres que abandonan el rol clásico del ama de casa entregada a las tareas domésticas en beneficio de una carrera profesional, son pocas las que consiguen llegar a los puestos de mando de las empresas. Un ejemplo es el del mundo de la traducción, en el que me muevo yo. Así, a pesar de ser un sector eminentemente femenino, con mayoría aplastante de estudiantes y graduadas mujeres, vemos que en las agencias de traducción las mujeres suelen ocupar mayoritariamente los puestos más bajos, siendo pocas las que consiguen posiciones de responsabilidad dentro de esas empresas (salvo las mujeres que, como yo, se lanzan a la creación de su propio negocio).

Pero, ¿qué es exactamente lo que nos impide llegar a los puestos directivos?

El origen del techo de cristal

Esta expresión tan metafórica surgió por primera vez en los años ochenta, década en la que las mujeres empezaban a desarrollar, por fin, sus carreras profesionales, vislumbrando ya los primeros frenos. El crecimiento profesional que vivían eran realmente limitado, llegando a alcanzar puestos intermedios que lejos quedaban de las posiciones de mando.

Para referirse a estas limitaciones los periodistas de la época empezaron a utilizar la expresión “techo de cristal”, haciendo referencia a que aunque dichos frenos parecían existir en la gran mayoría de las empresas, se trataba de elementos “invisibles”. Nadie hablaba de él, parecía que realmente no existía, pero las mujeres de la época sabían que sí.

Sin embargo, esas primeras mujeres trabajadoras no tenían todavía el poder suficiente como para romper ese “inexistente” cristal y por ello, tenían que conformarse con su situación. Había mujeres que optaban por permanecer en la seguridad de sus puestos que, al fin y al cabo, aportaban ingresos a sus hogares. Otras decidían romper con todo, apostar por su carrera y crear sus propias oportunidades desarrollando sus negocios. Y por último, había mujeres que viendo que su carrera quedaba estancada, privilegiaban a su familia y volvían a ser amas de casa.

Y las mujeres de hoy en día, ¿siguen estancándose en sus carreras?

El techo de cristal del siglo XXI

 

En la actualidad hay dos corrientes totalmente enfrentadas al respecto. Por una parte, están las personas que creen que los techos de cristal no solo siguen existiendo, sino que están lejos de desaparecer. Una corriente que parece tener alegatos suficiente con informes como el de la presencia femenina en el Ibex 35 y demás noticias que aparecen en la prensa cada día. En el otro lado están las personas que afirman que esos techos de cristal se rompieron años atrás y que si las mujeres no alcanzan los puestos de mando de las empresas, se debe a que no están lo suficiente preparadas o, simplemente, no quieren. Y si te preguntas por qué una mujer no querría alcanzar el éxito en su carrera profesional, la respuesta que te darán es porque esto imposibilitaría tener hijos y una buena vida familiar.

Sin duda, habrá mujeres que no quieran seguir ascendiendo en su trabajo si eso les imposibilita estar con sus hijos, recordemos que la conciliación sigue siendo la asignatura pendiente de España, pero esto está lejos de ser una razón válida para todos los casos.

En mi opinión, los techos de cristal siguen existiendo. Quizá sean más finos que antes, gracias al trabajo diario de todas y cada una de nosotras, pero no han desaparecido. Cada vez más mujeres consiguen romperlo y llegar a la cima, ver qué hay a través del cristal, pero son casos demasiado aislados como para considerarlos una generalidad. Por suerte, la generación que ahora mismo está entrando en las empresas cuenta con mujeres realmente preparadas (ya no podrán usar ese alegato) y acostumbradas a luchar por conseguir lo que quieren. Parece que el futuro se ve más brillante que nunca, sin cristales opacos que algunos creen inexistentes.

Pilar Benítez, mujer todoterreno

Traductora jurada y amante del poder de la palabra